Brod
No se si a Max Brod le gustaban los perros. Me temo que no, excepto por el hecho que los canes habitan algunos de los relatos cortos de Franz Kafka, de quien Brod se convirtió en su editor y agente literario. No sabía de Brod hasta los otros días cuando me topé con un extraño artículo en El País sobre su última mujer, Ilse Esther Hoffe, su secretaria quien murió el otro día a la edad de 101 años, evento que deja abierta la puerta para que se de a la luz pública relatos y documentos que guardaba sobre Brod, Kafka y otros escritores.
En un pequeño y hediondo apartamento repleto de perros y gatos, la mujer guardaba celosamente un cofre con los documentos legados por Brod. (Se teme que los desperdicios de los animales hayan dañado algunos de los documentos.) Tal vez haya en ellos documentos sobre el mismo Brod quien fue un dínamo cultural del umbral de Europa, Praga (Praha quiere decir umbral), en un mundo de intelectuales checos, judíos muchos de ellos, distantes del gueto antiguo y pobre, burgueses quienes entre cifra y cifra de una compañía de seguros o un banco, escribían poemas, cuentos y novelas, en alemán.
Praga era entonces parte de la provincia de Bohemia, en el imperio Austro-Húngaro. Era también la maravillosa ciudad que siempre había sido desde el medioevo. Una ciudad oscura, hermosa, misteriosa, en la que todo podía suceder, inclusive un hombre de barro a quien un rabino le da un soplo de vida para que le sirva bien: el Golem.
En ese mundo Brod era el sol, la estrella alrededor de la cual todos giraban. Lo imagino correteando las callejuelas de Praga con manuscritos en sus manos, buscando cómo publicarlos, o dialogando en cualquier café de la ciudad. Esa es la impresión que me deja la lectura del libro Praga en tiempos de Kafka, de la fenecida Patrizia Runfola, libro que merece llevar el título de Praga en los tiempos de Max Brod.
Brod emigró a Palestina huyéndole a los nazis y finalmente arribó a Israel, para vivir en Tel-Aviv, donde murió en 1968. Previendo la debacle y la matanza, Brod abandonó Praga y no cumplió su palabra de quemar los manuscritos de su amigo Franz, tal y como este se lo había suplicado. Un acto de desobediencia que ha sido un regalo para la humanidad pensante.
Para leer sobre la muerte de Ilse Esther Hoffer (que Yahvé se haya apiadado de ella) y el impacto en nuestra cultura, pueden pulsar aquí.
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