Etnografía de la playa: trópicos, rigores, cruces e imposturas

Antropología, Etnografía, Literatura, Palabras, Playas y costas — February 25, 2007 6:02 pm

La playa ha sido para mi un espacio de trabajo antropológico. Observar el lugar y el comportamiento de la gente sobre sus dimensiones ha sido parte de mi agenda de trabajo. Hubo un momento en el que ir a una playa con mi familia se convirtió en un proceso metódico de observar y recopilar información. También en momentos de frustración con la manera en la que usamos la playa. Pero esa es otra historia.

En 1991 preparé un capítulo para la Introducción a las de Ciencias Sociales, Antología de Lecturas (Cuadernos de Artes y Ciencias, Eneida B. Rivero y Jaime Gutiérrez Sánchez, editores) que publica el Recinto Universitario de Mayagüez, y allí plasmé algunas observaciones etnográficas sobre el uso de la playa La Jungla en Guánica.

El libro se publicó en 1993.

Posterior a eso preparé un protocolo de observación etnográfica de uso de las playas, guía que fue usada en Playa Ballena, Guánica y luego en La Esperanza, en Manatí, bajo el auspicio del Fideicomiso de Conservación de Puerto Rico. En Guánica, Miguel Canals (Menki), oficial del manejo del Bosque Seco, ayudó a nuestro equipo de trabajo a organizar las estrategias de observación que se aplicaron a todas las playas de esa parte del litoral en la carretera 333, desde Jaboncillo hasta Tamarindo.

La etnografía es una forma difusa de recopiar datos, o al menos así lo ven muchos críticos del método. Sin embargo, la etnografía requiere de disciplina en la práctica (trabajo de campo), la observación y en la escritura y descripción de lo observado.

Más que una técnica y una estructura, requiere de una vocación, de un llamado interno. Claude Lévi-Strauss lo recalcó en su clásico de 1955 Tristes Trópicos (que para el lector agudo debe revelársele que Antrópico proviene de ahí y hay otras pistas en la bitácora), cuando escribió que:

Como la matemática o la música, la etnografía constituye una de esas raras vocaciones auténticas. Uno puede descubrirla en sí mismo, aunque no se la hayan enseñado.

Como la matemática y la música, la etnografía requiere de procedimientos muy metódicos, muy precisos. El rigor, la técnica se convierte en un requisito de muchos trabajos de conservación. El protocolo que diseñé le debe mucho a la observación naturalista y a la biología terrestre y marina. El perfil de la playa se divide en “transectos” definidos por la extensión del área de playa en la que se ubican los usuarios.

Cada transecto se visita a unas horas pre-determinadas (aleatoriamente y según el patrón de uso en fines de semana). En cada transecto se hacen observaciones que incluyen: el día, la hora, condiciones del tiempo, contabilidad del número de personas, identificación de los tipos de actividades, género y edad aproximada de los usuarios, ubicación de actividades y personas en un croquis del transecto, y observaciones generales sobre equipos, artefactos, aparatos y elementos de la cultura material de los usuarios. Como es de esperarse, hubo interacción entre los etnógrafos y los visitantes, por lo que se recopilaron “eventos del habla” sobre la visita y la playa.

Como imaginarán, los resultados fueron en extremo interesantes y reveladores de la complejidad de usos y maneras de ocio que se dan en las playas. En ambos estudios, las observaciones fueron ampliadas por medio de encuestas en las que se cuantificaba la intención de la visita, las actividades realizadas, la procedencia de los visitantes y otros datos pertinentes al estudio.

Hay dos resultados: narraciones etnográficas de uso de la playa y mapas temáticos de la playa identificando actividades más prominentes en cada punto de la geografía.

Esa es una manera de hacer etnografía de la playa.

La otra es por medio de la observación densa de eventos y una reflexión profunda del papel que desempeña uno como antropólogo o antropóloga en ese contexto.

Como dije anteriormente, en 1991 escribí aquello sobre La Jungla. De lo que no estoy seguro es si influyó en mi el trabajo de Rodríguez Juliá El cruce a nado de la Bahía de Guánica (cinco crónicas playeras y un ensayo), publicado por la Editorial Cultural en 1989.

Cruce a nado

Es muy probable, reconozco en esa narración mía cierta tangencia con ese escrito.

Edgardo Rodríguez Juliá es un impostor, todos lo sabemos. Es realmente un antropólogo que usa la literatura para etnograficar (es un neologismo de mi parte) la experiencia puertorriqueña desde la observación partícipe, la memoria, la reflexión y el imaginario. Su crónica (¿cuento? ¿ensayo? ¿tratado? ¿monografía?) Para llegar a la Isla Verde es una memoria etnográfica de la playa vista desde adentro, desde el intercambio discursivo, desde el agua, desde los olores, sabores, desde la mirada, desde todos los sentidos. Para quienes “jangueamos” ocasionalmente por esa región del mundo en el vórtice espacio-tiempo de los setenta y ochenta, la crónica de Rodríguez Juliá se nos presenta como la descripción precisa de la gente, el espacio, la arquitectura y las voces étnica y culturalmente diversas de ese litoral. Quien lea esa crónica tiene la certeza de que él o ella, así como el escritor (¿o debo decir etnógrafo) han estado allí, principio sine qua non de la práctica etnográfica que ha descrito muy bien Clifford Geertz en su trabajo El antropólogo como autor (1989, Paidós).

El Roberto que describe Rodríguez Juliá en esa crónica es un ser esencial de la caribeñidad. Es un transfuga de todos los espacios posibles, reales o imaginados. Es el Médard Aribot que narra Richard Price en El Presidiario y el Coronel (Ediciones Callejón 2005), es el Roberto Cofresí de tantas narraciones apócrifas y tal vez distorsionadas, es ese Ulises caribeño, el cimarrón en huida de los convencionalismos sociales y estéticos.

Gentes en las que, para citar a Rodríguez Juliá, “el anhelo del espacio perfecto nunca muere”, gente “dispuesta a empezar de nuevo”.

Hay una extraordinaria etnografía en la literatura, que en ocasiones nos negamos a reconocer.

    14 Comentarios

  • Mario says:

    Leyendo esto me dan ganas hasta de zambullirme. Excelente.

  • Manuel Valdés Pizzini says:

    Gracias Mario.
    Pero entonces… tírate que está llanito.

  • A Edgardo le encanta venir al Colegio. Ya estuvo la semana pasada: http://uprm.info/directores/?p=139

    Sería interesante invitarlo (quizás Sea Grant y CIEL) para conversar sobre el libro con estudiantes y facultad…

    -Moisés

  • Manuel Valdés Pizzini says:

    Muy buena idea. Edgardo Rodríguez Juliá es el más costero de nuestros escritores. La costa y la playa se derrama en sus libros. Le daré seguimiento a eso.

  • Madeline Almodovar says:

    La playa se puede admirar de innumerables angulos. Ahora que me encuentro en los EU, creo q simboliza el deseo de los puertorriquenos de romper con los limites (por un momento poder mirar hacia un espacio abierto, sin construcciones, edificios, agencias de gobierno). Culturalmente, puede ser otra forma de conectarse con el mundo.
    Por otro lado, la playa ofrece un ambiente siempre cambiante, lo que puede ser util para quien se siente esclavo de mas de lo mismo.
    Esta es mi reflexion personal, no de un etnologo o antropologo. Gracias Valdes por esta oportunidad de pensar mas alla sobre algo que era muy comun para mi en mis dias de juventud en Puerto Rico. Me alegra mucho que durante el programa COSTAS pude adquirir la habilidad de ver las cosas de manera holistica en gran parte gracias a usted.

    Saludos,
    Madeline Almodovar

  • Lillian says:

    Vamos pa’ la playa, ahora va a ser diferente…. Lillian

  • Manuel Valdés Pizzini says:

    Lillian: Sí, vamos para la playa. Tienes razón. Tiene que ser diferente ahora, después de tanta tinta vertida sobre el asunto, y de tanta reflexión.

  • Manuel Valdés Pizzini says:

    Madeline: Gracias por tus comentarios. Hay seguir pensando la playa con nostalgía y con la capacidad para una visión crítica, mas allá de los colores que nos fracturan. Te aclaro, que he sido afortunado en tener discípulos como tu. Yo he tratado de hacer mi trabajo. Te deseo éxito y que sigas pensando las costas desde el lado de allá, desde esa otra orilla. Y que de vez en cuando evoques a Bobby Capó, filósofo boricua que escribió aquello de que…
    Si por casualidad
    duermes y sueñas
    que te enamoran las olas
    y que hay un cielo azul
    en conjura con la Luna
    para hacerte prisionero
    no lo digas porque es
    la Tierra que quiero
    seguro sueñas
    que estás en Puerto Rico.

  • Christopher Powers says:

    Rodríguez Juliá concluyó ayer el “Taller de escritura creativa” organizado por el programa de Literatura Comparada. Según nos comentó, el taller fue un éxito y, como comenta Moisés, le encanta venir al Colegio. Al cierre del taller, me expresó su deseo de regresar. Apoyo, entonces, la propuesta de Moisés de invitarlo a presentar “El cruce…” y la crónica como género (de “etnografización”) y me ofrezco a colaborar en la iniciativa.

    Por otro lado, las reflexiones de Manuel me hacen pensar en las palabras de Arcadio Díaz Quiñones en la introducción a su edición de “La guaracha…”, cuando sugiere que hay que leer este libro como una obra de “antropología especulativa”, un término que toma prestado del autor argentino Juan José Saer para (re)definir la función social de la literatura narrativa.

  • Ruperto Chaparro says:

    La playa es Puerto Rico. Como dijo Serrat: Nunca pense que la avaricia de la raza humana pueda destruir un recurso tan valioso. Y que cuando escribio los versos del Mediterraneo que queria lo enterracen en la ladera de un monte con vista al mar fuera el quien fuera al velorio del Mediterraneo. No hay otra atraccion natural que ofrezca tantas oportunidades recreativas y economicas y que no sea reconocida nada mas que por poetas, musicos y locos. Los que estan a cargo del manejo y conservacion de este recurso no invierten en su manejo y desarrollo sustentable para garantizar el acceso y evitar su privatizaacion. Les exhorto a ser activistas y defender el acceso y manejo de las playas exigiendo que se inviertan fondos $$$$ en su manjeo. De otra manera solo veremos una muerte anunciada. Chapa

  • Cale says:

    ¿Y cuando nos organizamos, para repetir las observaciones con ese protocolo etnográfico de la costa? ¿Como han cambiado las costas y la forma de verlas en más de 10 años? ¿Cuándo se retoman estos procesos que están en descanso? Creo que no hay mejor momento para las playas, que ahora.

  • Manuel Valdés Pizzini says:

    Cale: Esa es la actitud. Hay que volver a mirar las playas con rigor sociológico y antropológico. Se que serás el primero en la fila. ¿No?

    Chapa: Cerca del mar por que yo, nací en el Mediterráneo. Claro, Serrat ha estado ahí dando la pelea por salvar el mar y las playas. Sí, necesitamos muchos poetas, músicos y locos para dar la pelea y conservarlas. Afortunadamente contamos contigo en una de esas categorías.

    Christopher: Gracias por tus comentarios, por el entusiasmo en discutir esto desde la literatura (espacio vital, debo admitirlo) y por traer a mi atención a José Juan Saer de quien no conocía nada. Ya me he leído fragmentos de “El concepto de ficción” y me acerco a entender lo de la antropología especulativa.

  • Madeline Almodovar says:

    Definitivamente, estoy aqui y a la misma vez en Puerto Rico.

  • Domingo J. Marqués, Psy.D. says:

    Coño, gracias por esas líneas, me sentí en el salón nuevamente. Aprendiendo de temas del que otros temas relacionados a mis “responsabilidades” me atan a decenas de journals que nada tienen que ver con éste.
    A mí me evoca el recuerdo de las implicaciones para la política pública que provoca el “Fishers at work…” con la diferencia de que “Roberto” es supuesto y los suyos son documentados.

    Domingo

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