Los baruya y la moneda de sal
Antropología, slideshow — October 5, 2011 10:37 amMaurice Godelier, antropólogo francés, escribió un texto fundamental para la antropología de mi generación: Economía, fetichismo y religión en las sociedades primitivas. Guardo, con mucho cariño mi copia (escrita, tatuada, comentada) de la primera edición en español, de 1974, cuando era estudiante de esa carrera en la UPR-Río Piedras y me guiaba por esa ruta Carlos Buitrago Ortiz. Tengo también una edición más reciente (de los 1990) que utilicé como profesor en ese entonces, copia que también está marcada, por haber leído nuevamente el libro. Me he percatado que solía asignarle a los estudiantes el capítulo sobre la moneda de sal entre los baruya, una tribu de Nueva Guinea donde Godelier realizo su trabajo de campo etnográfico.
La moneda de sal era una cosa, una mercancía, un objeto deseado y el fulcro de la reciprocidad, proceso fundamental en las economías precapitalistas. Godelier ha desarrollado una obsesión sobre ese tema, y publicó hace unos años un libro sobre la obra de Marcel Mauss, Essai sur le don, Ensayo sobre el regalo (o los dones), un clásico de nuestra disciplina, al que es importante volver, como lo exige todo clásico, e Italo Calvino.
El flujo de cosas por nuestras manos sin mediar pago o retribución material, así como el agradecimiento, la capacidad de devolver lo brindado, de reciprocar, el guardar las cosas por sus valores personales (no venderlas ni intercambiarlas) y el interés de compartir abiertamente los bienes y los saberes, ya por medio de reglas precisas, o por pura espontaneidad, son parte de los elementos más significativos de la condición humana. Eso, a pesar de la avaricia corporativa y política que parece dominar el paisaje de nuestras sociedades. Godelier concluye su ensayo sobre la sal y los baruya con el siguiente párrafo, cuya frase final evoca la idea de Claude Lévi-Strauss que las cosas tienen unos significados profundos, que van más allá de su materialidad y funcionalidad evidente:
Se comprende entonces, por qué, en algunas cabañas baruya se hallan suspendidas sobre el hogar barras de sal viejas que tienen casi una generación, ennegrecidas por el hollín y desecadas. Por “nada en el mundo” su propietario querría cambiarlas o consumirlas, porque constituyen para él el símbolo de una amistad desaparecida, o de un pacto sellado con enemigos, lenguaje mudo que relata en cada instante presente lo que el pasado no debe envejecer. No sirve, por tanto, ni para comer, ni para trocar, ni para dar. Ya sólo son “buenas para pensar.”
Esta anécdota breve sobre la antropología económica no tiene que ver con los baruya, ni con la sal, aunque sí con la reciprocidad. Siempre lo he dicho: creo que soy un tipo con suerte, al que le han llegado los mejores estudiantes universitarios. De ellos he aprendido, y junto con ellos he logrado tener una carrera, más o menos decente. He tenido estudiantes sabios, escritores exquisitos, gente con una erudición impresionante (para ser tan jóvenes), con don de gente, con muchas ganas de trabajar, etnógrafos natos y pensadores profundos, contestatarios, silenciosos unos, parlanchines otros, duchos en el arte de retar intelectualmente y capaces de comerse al mundo. La cosa no ha cambiado, y continúa de esa manera, para mi asombro y beneplácito. Muchas y muchos de ellos, al cabo de unos años, suelen producir importantes obras, que leo con entusiasmo y con gran alegría. Para mí, es la confirmación de lo que ya sabía mientras les escuchaba atentamente en el salón de clases, en el field, o en nuestros centros de trabajo. En fin, que soy yo quien debe estarles agradecido.
Ayer recibí un regalo impresionante, que no esperaba, como suele suceder en la reciprocidad generalizada. Unas libretas de campo (hoy tengo una de ellas en mi bolsillo), acompañada de una tarjeta conmovedora que hablaba de los baruya, de la moneda de sal, de libros, de las abejas (un viejo mito relatado por Pierre Clastres en su artículo ¿De qué se ríen los indios?), de las notas de campo y de otras cosas más. Las libretas y la nota –buenas para pensar— me devolvieron a un pasado que no debe envejecer. Pienso que uno vive para esos momentos únicos, donde los dones remiten a uno a una larga historia de relaciones sociales, como advertía Marcel Mauss.
Rima, gracias por ese texto, las libretas, y por la reciprocidad. *
Manolo
* Rima Brusi Gil de Lamadrid es antropóloga, y autora de importantes trabajos sobre el paisaje costero y La Parguera, y de un texto brillante sobre la cotidianidad boricua: Mi tecato favorito y otras historias de la cotidianidad puertorriqueña, 2011, Editora Educación Emergente.


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9 Comentarios
Gracias por compartir tu reflexion…muchos abrazos y saludos a todos.
¡BRAVO MAESTRO!
Me uno al “Bravo” de Gary G., das en el clavo en cuanto a la relacion con el estudiante. Los triunfos que ellos obtienen ya egresados fueron el presagio que uno conocio en el salon.Saludos y sigue “Siempre pa’lante”!
Gracias a ti por enseñarnos la antropología a través de los baruya y Godelier. Por no decir Mauss y Levi-Strauss también, que son lectura requerida en mi clase de teoría. Rima, tremendo detalle!
De tal profesor tal estudiante, de tal estudiante tal profesora
Y no es sólo que recordamos. Se trata de reconocer, en el recuerdo, los momentos que nos construyen en quienes somos hoy o mejor aún, en quienes queremos ser. Momentos que construyen nuestros hábitos, logros, estilos, preocupaciones y pequeñas manías (como la búsqueda del papel y el instrumento de escribir perfectos…)
Hay mucho de Manolo en los recuerdos de todos nosotros, los que tuvimos el don (porque no es un privilegio, sino un golpe de suerte y una sincronía exquisita) de estar en ese salón de clases (era en el edificio de Física, cierto?,)en esa época, con ese maestro.
Gracias, Manolo.
Gracias Rima, gracias…
Manolo, podría definir tu texto con muchos adjetivos. Pero prefiero quedarme con uno solo, relacionado precisamente con el valor: precioso.
Gracias Rafa!
Tarde, pero seguro…