Manteca
Antropología, Relatos de un mundo convulso, slideshow — January 19, 2012 9:29 amSi te dicen que yo me estoy curando, es la verdad…
La cura, de Catalino (Tite) Curet Alonso, en la voz de Frankie Ruíz
No, no estoy hablando de la manteca que nos une (la de Magaly García Ramis), hablo de la que nos separa… y nos vuelve a unir. Como cualquiera sabe, no hay mejor cosa o peor cosa que la manteca, la tecata, la heroína. Lo mejor es el paraíso, y lo peor es el vicio, la adicción, esa que te lanza a deambular en las noches, la que te mantiene despierto con los ojitos abiertos y asombrados como un pescao en el congelador. Un “gramo de locura,” como dice Sabina, ese gramo de dicha, de excitación de los sentidos, de sentirte feliz por unos minutos y deslizarte al “lado marrón” de la realidad, babeándote hacia el suelo, desde donde podrás ver la vía láctea, si estás a la intemperie, o el techo interior despintado de un hospitalillo. El mundo comienza a verse diferente, un tanto distinto… los grises comienzan a clarearse, y una rotundez hermosa se asoma en el horizonte de una tierra plana, y no es el sol, que a estas bajuras es de una vulgaridad despreciable. Tu visión de mundo se ha transformado. Pero es el espejismo de la tecata, el simulacro de la felicidad, la que absorbo con mis manos, mis ojos, pero sobre todo con mi boca. No, no has leído mal, pues no se trata de un mal entendido, ni de la metadona (esa vil impostora), hablo de esa que me llega como un vaho misterioso a mis sentidos, porque me la he bebido como si se tratase de ambrosía. Es aquella, la que me llama con todos esos anhelos y sueños, desde la que escucho mi nombre—precedido de un quejido—repetido como un mantra. Es la heroína, es la manteca que tapa mis arterias con su costra impunemente sabrosa, es la tecata de mis sueños, la de la poesis de Papo Impala está quitao… (de Juan Antonio Ramos, de Bayamón), la de las pesadillas, la del desvelo, la que me hace balbucear palabras incoherentes a troche y moche (“bayamóntate, barranquítate, vegabájate”), sin saber porqué, o la que me invita a hacer lo que hago, a pesar de los arrepentimientos y los olvidos.
La tecata—creo que hay estudios sobre esto—produce un deseo incontrolable de puyarte, de darte el cantazo, de desvanecerte en ti mismo, que es como venirse dentro de uno mismo, con una alegría incontrolable, para luego caer en un almohadón de ricura y paz, hasta que ya no estás aquí, en este maldito espacio. El problema es cuando no hay, cuando desaparece, cuando lo que existe es el anhelo, la necesidad puñetera del cantazo, de sentir esa locura, ese éxtasis, aunque venga sucedido de las sempiternas agonías que marcan la desdicha. Entonces, uno se decide un buen día por romper con ese mundo a como de lugar, a romper en el frío más hijueputa del mundo, en la soledad de un cuartucho, o en la calle, sudando frío, con fiebre, sintiendo las venas heladas, y miles de alfileres acercándose peligrosamente a todas las partes de tu cuerpo, alfileres esgrimidos por gente que te persigue. Otra opción es buscar ayuda, o raparse el cabello, sentarse y meditar, o vender bolsas de basuras y chocolates, mientras juramos fidelidad al Nazareno (ese que le dijo al otro, que cuidara a sus amigos). Pero eso no es todo, queda, para algunos quedaos, las opciones nefastas de la prisión y de la muerte, pero de esas prefiero no hablar.
Y pasan los años, y la vida cambia, la placidez cotidiana transcurre hermosa sin uno meterse ná; y uno tiene un éxito disquero, y dos, y tres, y el mundo parece distinto, pero de momento, en una esquina cualquiera, le entra a uno un escozor desesperante, una piquiña escatológica y física que hace que uno se lance a buscarla como un desesperado, mientras tararea de sus éxitos “es la cobardía.” Uno se detiene medio de la plaza, lo piensa dos veces, tres, mil, se decide, va y la busca, hasta que amanece rendido en una cama, con la desesperación que ahora provoca la necesidad del cantazo, porque es que uno quiere volver a sentir la euforia, la inmensa capacidad de crear, de escribir la música de Tales of Brave Ulysses, y de acompañarla con un desquiciante wah-wah que quedaría marcado en la historia musical. Sin eso no es posible una locura como Voodoo Child, con el virtuosismo de tu boca y tus dientes sobre las cuerdas, y tu mano ágil corriendo tus dedos dulcemente en el diapasón, convirtiéndote en uno solo ente, tu y la Stratocaster, gritándole en puro trance, peligrosamente cercano a cantar en lenguas: “If I’ll see you no more in this world, I’ll meet you ya on the next one… Don’t be late, Don’t be late.” Lo otro es la nada, ser nadie, no tener virtud, areté. Pero esa es una ilusión macabra, pues después del cantazo, lo que queda es la debacle, el colapso… realmente, uno no vuelve a ser quien era, ni será otra cosa que un esclavo del deseo, de lo ilusorio, de lo escurridizo y de la desesperación.


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2 Comentarios
Manolo
Que alegria que estas de vuelta en la blogsfera. Antropico es comp siempre brillante y esencial. Un abrazo Carlos G
Sí amigo, entiendo muy bien sus palabras. Pues una vez, cuando era chico, la manteca también corrió por mis vejucos. Pero ya roto el vicio y como usted dice, no se vuelve a ser el mismo, jamás. ¡Imagínese, tenía yo 17 lunas nuevas y ahora paso de los ochenta! ¿Habré cambiado en algo? Fuera del hecho de que “las amistades dañan”, como decía mi mamá, es uno el que por razones que ni entiende, decide un día partirse la vena como se la parten los machos, nada de “skin”. Y esa inmunidad y ese estupor al cual se refiere, termina en el vacío del zafacón de nuestro propio excremento. Después del huracán, lo que este maldito vicio dejó en mi (hace lustros esto pasó, por tanto, no hay recuerdo sicosomático de ello) como rastro de disparo inconcluso, fue el entender que no hay más Paraíso que aquel que sentimos debajo de nuestros pies. El resto de nuestras creencias, religiosas tanto como ideológicas, son meras pamplinas que vamos aprendiendo desde la teta. Al final del camino nos damos cuenta que hemos perdido la mayor parte del tiempo perdiendo el tiempo en fantasías. Esto, porque el “establishment capitalista” así lo dicta, y nosotros como secuaces u obejitas del mero redil nos dedicmos a cumplirlo al pie de la letra. Creo, que la felicidad es un estado anímico que envuelve cojones, sensatez, mesura y algo de gracia propia. O sea: se aprende a ser feliz sin necesidad de envolverse en las trampas de la cultura y el consumo. ¡Pero que conste, esto que aquí os digo fue descubierto sólo cuando volví de la Tumba Fría!