Animales y plantas con historias…
Historia, Naturaleza, slideshow — April 11, 2012 5:44 pmAnimales y plantas con historias: fotos y ensayos cortos sobre animales y plantas en Puerto Rico. José R. Almodovar Rivera y José Mari Mutt. 2011. Ediciones Digitales.
No es coincidencia, y sí causalidad, que Animales y plantas con historias de José Almodóvar Rivera y José Mari Mutt sea el tercer libro ilustrado que llega a mis manos recientemente, y que de alguna manera propone una mirada diferente a los organismos, a la vida y al entorno. Este es el primero que se le escapa al papel para tomar vida digital, tal y como lo exige su editorial. El otro, una maravilla visual, se titula Bajo las olas, de la autoría de Héctor Ruíz, y ha sido publicado por Sea Grant tan recientemente como la semana pasada. Animales y plantas es único, ya que nos presenta una verdadera colaboración en la escritura, en la forja del libro y en su presentación. Interesante esfuerzo en el que ambos autores comparten textos, unos sobre el asombro y la técnica fotográfica y otros sobre las especies y sus historias. Ambos autores son fotógrafos de primera, pero aquí, uno de ellos ha cedido el espacio visual al otro para transitar por las palabras y los relatos, que nos invitan a entender y a aprender más sobre ese mundo “natural”, el cual es parte de nuestra cotidianidad. El libro ha sido preparado con la intención de ofrecerle al lector (tanto al que lee como el que ojea) una experiencia estética de las composiciones fotográficas de Almodóvar, de los textos hermosamente breves de Mari Mutt y del proceso fortuito, técnico y familiar de tomar una fotografía, a través de unas notas iniciales que nos brinda Almodóvar en cada foto.
La ciencia, lo sabemos, no está separada del arte, del ejercicio estético ni de las humanidades. Al menos eso pensaba Stephen Jay Gould, quien plasmó esas ideas en su obra póstuma dedicada a la posibilidad de desarrollar un saber unificado, de una comunidad de entendimiento, un consilience, en el cual las ciencias naturales se fundan (o confundieran, o se conciliaran) con las humanidades y las ciencias sociales para arrojar luz sobre los fenómenos de una naturaleza que siempre ha sido, por fortuna o por desgracia, muy humana.
Hay una enorme cantidad de escritos sobre la belleza, sobre la estética. Umberto Eco ha escrito un tratado sobre esta, y recientemente uno sobre su contraparte, la fealdad, o bruteza. En ese trabajo aflora una de las ideas más importantes de nuestros tiempos: que la belleza, inherente a la naturaleza, se debe a un proceso matemático y geométrico de las proporciones y la simetría. Una idea que se discute con vehemencia y que encuentra eco en el trabajo de astrónomos, biólogos y naturalistas, quienes observan, absortos, cómo el código genético o la configuración de cristales y galaxias reproducen patrones simétricos, ordenados, repetidos como si se siguiera un patrón de diseño que ha dado resultado y que por ello se repite. La literatura caribeña ha encontrado en Alejo Carpentier una voz que en ocasiones reclama ser un naturalista, y que es capaz de decir con cierta autoridad que las formas orgánicas poseen un código universal y que algún día notaremos, con “asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema.”
Daniel Pauly, ictiólogo y biólogo de pesquerías por excelencia, tiene una breve reflexión sobre la ciencia y la estética en el libro titulado Ictio: la arquitectura de los peces (2008), del instituto Smithsoniano, ensayo en el que sugiere que la ciencia debe darle una mirada transversal y penetrante a esas simetrías y patrones para “descubrir” la extraordinaria manifestación de las funciones de los organismos en su cotidiana lucha por sobrevivir, reproducirse y comer; estrategias empotradas en un proceso que llamamos selección natural. Pienso que ese es uno de los argumentos fundamentales de Animales y plantas con historias.
La invitación para compartir con ustedes algunas palabras me la hizo el buen amigo y colega Mari Mutt, por lo que me honra, y quiso que conversara sobre el arte de colaborar. Colaborar–de verdad, no añadir nombres a escritos como usualmente hacemos—es un proceso azaroso que en ocasiones termina, digamos que… mal. Mi experiencia ha sido en todas direcciones pero siempre he buscado el espacio para que la misma sea enriquecedora y niveladora y sirva para la mentoría o para la fusión creativa de ideas entre colegas. A diferencia de lo que mucha gente cree, la colaboración requiere mucho más tiempo que trabajar solos, pues nos encontramos con los escollos de las presunciones, estilos y convicciones de los otros u otras. Nos enfrentamos al proceso de aprender (en vez de dictar cátedra), de integrar, de aceptar y de negociar. La colaboración con estudiantes, o con antiguos estudiantes, es peculiar, pues nos percatamos de que saben más que nosotros (y eso es bueno, quiere decir que hemos triunfado pedagógicamente), que han adelantado y por eso nos tratan con gran cariño y respeto. Tal vez, lo más importante es descubrir junto a nuestros colegas cosas nuevas o simplemente mirarlas de manera diferente al enfrentarnos, al unísono, con los mismos datos. Me ocurre mucho, sobre todo, cuando es una colaboración que cruza las fronteras disciplinares. Mi colaboración con la bióloga marina Michelle Schärer, por ejemplo, está matizada por intensas peleas, debates, discusiones y por momentos de gran asombro al coincidir en unas coordenadas del saber sobre los ecosistemas costeros y marinos que siempre son una construcción social y epistemológica. Me pasa igual con David Griffith, con quien he publicado un par de libros y varios informes, y con Carlos García Quijano, con quienes voy descubriendo cosas fascinantes sobre el mundo de la inserción de los humanos en la naturaleza; tema al que le dedico mucho tiempo y, sobre todo, mucho esfuerzo en el campo de la historiografía.
Es importante señalar aquí que, además de la colaboración entre los autores, los textos de Almodóvar nos dejan ver una colaboración más amplia con colegas como Carlos Santos, Juan Rivero, Fernando Bird, quienes se han acompañado mutuamente por los senderos naturales, de los viveros, aviarios y otros espacios y lugares donde esta otra fauna transita. He querido subrayar una de las grandes virtudes de Animales y plantas con historias: la experiencia de la colaboración.
He mencionado el trabajo historiográfico porque Animales y plantas, además de ser una obra exquisita, en términos estéticos, por su fotografía, es realmente un libro de historia, de la verdadera historia de nuestro país, de la importante, la de todos los días, la que queda lejana, muy lejana al asunto del estatus (y, tal vez, no tanto, pues aun la naturaleza se matiza con esas relaciones coloniales), una historia de la trayectoria de la vida, que es una que combina la evolución, los procesos orgánicos y los procesos humanos, de carácter social, perceptual, cultural y económico. En las descripciones de los organismos hay una historia que yo quiero saber, que quiero leer y que me interesa que se siga con ahínco y con la vehemencia que le ponemos a la historia de los partidos políticos y a la caña de azúcar. Es la historia de la transformación del paisaje, de la introducción de las especies y de la competencia entre organismos creada por el Homo sapiens, cuya primera “impresión” en el libro es la de su mano y una reflexión acerca del dedo pulgar oponible que, junto a su cerebro, produce cultura, nos separa de los Pan trogloditas (fotografiados en el libro) y nos hace, lamentablemente, amos del planeta.
Este libro hilvana la historia natural–si es posible hablar de ello—y los procesos biológicos (por ejemplo: adaptación, selección natural, reproducción, polinización, propagación, competencia, co-evolución) con los procesos humanos (sociales, culturales y económicos) que configuran la presencia de esos organismos en este entorno insular tropical. Hay otras historias en esos relatos: una sobre las especies introducidas y otra sobre la transformación sistemática de los hábitats del archipiélago. Eso, a su vez, prepara la puesta en escena de la composición fotográfica cargada de azar, casualidad, coincidencias, suerte, sorpresa, técnica y maroma de Almodóvar al captar las imágenes en bosques impactados, en acuarios, en campos, en zoológicos, en jardines, en los patios, dentro de la casa, en el laboratorio, en un vivero, en un cuarto, o debajo del lente de un microscopio. Ambos colaboradores se asombran de las causalidades, del azar, de la extraordinaria belleza, simetría y proporción de la formas, del ojo humano y su construcción de la belleza, y de la extraña y laberíntica ruta de las plantas y los animales por la historia humana, por la hechura del Homo sapiens. Con este libro confirmamos la posibilidad de hablar de una “biografía cultural” de las especies.
Este libro es uno muy pedagógico, uno que nos quiere enseñar y no abrumar con su conocimiento. Y eso es evidente en todas sus partes, y lo es de una manera muy personal y técnica en las notas de Almodóvar sobre la fotografía que abarca aspectos técnicos (tipos de cámara, la posición del objeto, la atención al detalle, los contrastes, el color del fondo, los materiales empleados, la velocidad de apertura del lente, y otros) así como los aspectos absolutamente personales de la captura de las imágenes (asombro, sorpresa, lugares, con quién estaba, la emoción, el llamado de las fotos, el valor sentimental de la foto y el miedo a la sal). Cada lector o lectora hallará sus fotos favoritas e historias favoritas, y ambas pueden coincidir. Las mías son: la Prestoea acuminata o palma de sierra (una acuarela), el flamenco, la palma de sombrero (la foto es exquisita, majestuosa y el relato es pura antropología, de la buena), y el Cocos nucifera (pura postal, donde casi no hay cocos).
Plantas y animales, fotos exquisitas, historias extraordinarias: naturalismo, historia, antropología y un ejercicio sobre la técnica.
¡Enhorabuena!
El libro puede descargarse gratis en: http://edicionesdigitales.info/imagenes/imagenes/Indice.html
Su versión para IPad es excepcional.
Edición: Cynthia Maldonado Arroyo


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