Historias de vida en el Caño Martín Peña

Pura antropología e historia oral. Gracias a Patricia Rivera de El Nuevo Día y a Mariana Cobián de Primera Hora por reseñar este proyecto de Historia Oral de la Universidad Interamericana bajo el liderato del profesor Pedro González. Hay en esas palabras datos interesantes del rescate de tierras y hasta un relato (un tanto distorsionado) de los corrales de pesca en la Laguna San José.

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El Nuevo Día
Primera Hora

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Vívidas las memorias del Martín Peña

Por Patricia Rivera Meléndez

1 junio 2007

Los primeros pobladores de las márgenes del Caño recuerdan el embate del huracán San Ciprián en el 1932 y el proceso de relleno y construcción de sus casuchas procurando evadir el ojo gubernamental.

La historia de las comunidades aledañas al Caño Martín Peña en San Juan no está escrita en los libros, pero aquellas vivencias del proceso de población de ese sector todavía permanecen en las memorias de quienes fueron los primeros pobladores.

Ana Rita Rivera, de 76 años y residente en el sector San Ciprián, en Barrio Obrero; Pablo Ortega Rodríguez, de 65 y oriundo de la Parada 27, en Santurce; y Conchita Cintrón Serrano, de 85 y quien llegó a Parada 27 en 1938; recordaron ayer algunos de los movimientos que facilitaron la población del área y el surgimiento de varias comunidades que, en conjunto, alcanzan los 27,000 habitantes.

Rivera compartió algunos de sus recuerdos:

“Mi comunidad fue, como quien dice, asaltada en 1932 cuando nos azotó el huracán San Ciprián. Aquello era un cementerio: mitad animal y mitad de gente… Cuando vieron eso, todo el mundo fue corriendo y cogieron terrenos. Sí, porque no teníamos dónde vivir. Y así se fueron haciendo las casitas de madera, de paja, de cartón, y así se fue formando la comunidad”.

Por su parte, Ortega Rodríguez, quien mantiene vivas las memorias de los tiempos en que tenía 6 años, detalló cómo los vecinos se unieron para rellenar el caño, construir las viviendas y ubicarlas en terrenos sin que las agencias gubernamentales se enteraran:

“Los camiones dejaban el relleno en la avenida y mi papá lo bajaba con la gente. Cogíamos drones, se les hacían unos rotos en el medio y los amarrábamos como una balsa y los llevábamos hasta un punto límite del caño. Ahí, le echábamos piedra al dron pa’ que se fuera al fondo. Eso lo rellenábamos.

“Entonces, las casas se hacían por partes y se juntaban. Después, las traíamos acá y las empujábamos con bambúas hasta donde se iban a dejar. A lo que se les llamaba los guardabosques, pa’ que no prohibieran hacer las casas, los emborrachábamos con ron caña.
“La gente se unió en agrupaciones. Entonces, entre todos, un día trabajaban con una casa y la montaban en dos días o tres. Luego, trabajaban por la noche, porque de día había vigilancia”.

Años más tarde, rememoró Ortega Rodríguez, intentaron sacarlos:

“Vinieron y nos pintaron las casas con unas marcas negras para desalojarnos. Pero en ese tiempo mi papá, José A. Ortega Meléndez, formó una cooperativa que dio acceso y derecho de la comunidad a tener su título de propiedad y la escrituras de donde residimos”.

Cintrón Serrano conoce a profundidad esa historia del movimiento cooperativista que permitió a los pobladores de aquellos vecindarios obtener sus títulos de propiedad:

“Íbamos calle por calle, casa por casa. Recogíamos firmas a ver quién quería que este proyecto viniera a Las Monjas y a la Parada 27. Después, con las cooperativas se fueron vendiendo los solares, y por eso es que hay aceras y encintados aquí, porque, cada vez que se vendía un solar, se le quitaba al socio una peseta por metro para ayudar al gobierno a establecer esos servicios.

“Ahora no hay venta de solares, y eso da espacio a que un día venga un proyecto y nos saquen a todos. Si la cooperativa estuviera rigiendo ahora, a nosotros no habría nadie que nos sacara de aquí, porque ahora con la Milla de Oro, cualquiera envidia este espacio”.

Entre recuerdos, Rivera y Ortega Rodríguez, colaron una que otra travesura de la infancia.
“En el medio de la laguna había un corral de (el Departamento de) Recursos Naturales para atrapar los peces. Nosotros velábamos las lanchas de Recursos Naturales que venían (del corral) y les robábamos los pesca’os pa’ llevárnoslos a las casas para comer… Cuando chiquitos, nos bañábamos en la laguna y nos tirábamos del puente. Se paraban los turistas y tiraban monedas pa’ que nosotros las cogiéramos por el brillo, porque en aquel tiempo el agua era bien clarita”, narró Ortega Rodríguez.

Rivera recordó, además, que para acortar su ruta cuando le llevaba almuerzo a su papá en Cantera cayó en un “remolino” del Caño.

“Dos veces me fui a ahogar allí. Dos veces me fui a ahogar en el Caño”, rememoró.

Protagonistas de la historia

viernes, 1 de junio de 2007

Mariana Cobián / Primera Hora

Don Pablo Ortega recuerda cuando rellenaron con tierra parte del caño Martín Peña. Mientras, Ana Rita Rivera narró cómo después del huracán San Ciprián, en 1932, el área sanjuanera quedó desierta. Y doña Conchita Cintrón rememoró cuando compró su casita de madera por $1,600, y poco a poco la fue arreglando hasta que ahora es de cemento.

Los residentes de los ocho sectores aledaños al caño Martín Peña en Hato Rey se convirtieron en los protagonistas del proyecto “Al rescate de la historia del Caño”, un vídeo que documenta la trayectoria de la comunidad, cómo se formó y sus luchas por sobrevivir en medio de lo que ahora es la Milla de Oro.

Wilfredo Villalobos relató que todo aquello era un manglar, “no había nada” cuando nació en el sector Parada 27, hace 70 años, cuando comenzaron a mudarse personas de otras partes de la Isla a la capital.

“Por aquí navegaban los tanquecitos del Ejército hacia Isla Verde y seguían hasta Ceiba. Estaba el Matadero, que ahora es el Tren Urbano. Aquí estuvo la primera licorería de Palo Viejo. El tren Martín Peña estaba donde está ahora el Banco Popular. La primera estación de radio estuvo aquí en Las Monjas”, relató el padre de tres hijos profesionales y abuelo de cuatro nietos.

“Me siento orgulloso de vivir en mi sitio. La casa mía fue hecha por mí mismo”, agregó don Wilfredo, quien trabajó 42 años en una compañía de comunicaciones.

Recordó que sacaban tierra de la Península de Cantera para rellenar el área y crear solares para la construcción de casas. Una vez se formó la Cooperativa de Crédito pro Hogar Seguro se vendían solares de no menos de 250 metros.

Doña Ana Rita destacó que hacían las casas de “paja, cartón, cinc, de lo que apareciera”. La líder comunitaria del sector San Ciprián destacó que muchos se quejan de las inundaciones ya tradicionales en el sector, “pero la culpa es de nosotros también porque cogimos sectores que eran del caño”. Aclaró que era por necesidad.

La vecina de 76 años relató que estuvo a punto de ahogarse en dos ocasiones tratando de cruzar el caño.

Don Wilfredo recordó cuando años atrás, la entonces alcaldesa de San Juan Felisa Rincón de Gautier, celebraba las Noches de San Juan en el puente del caño, de donde los vecinos se tiraban a recoger pesetas. Ahora se puede caminar sobre las aguas, dijo.

La directora ejecutiva de la Corporación del Proyecto Enlace, Lyvia Rodríguez, detalló que la documentación de las comunidades -donde viven 27,000 personas- fue gracias al esfuerzo de esa corporación junto con el Consorcio del Estuario de la Bahía de San Juan y la Universidad Interamericana.

“El proyecto surge para rescatar la historia sobre cómo se dio el proceso de formación de las ocho comunidades, algo poco registrado. Qué mejor protagonistas que los que lo vivieron nos digan cómo ocurrió”, señaló Rodríguez.

Dieciséis estudiantes del Programa Graduado de Historia entrevistaron a 16 residentes de las ocho comunidades aledañas al caño -Barrio Obrero, Barrio Obrero Marina, Buena Vista Santurce, Península de Cantera, Parada 27, Las Monjas, Buena Vista Hato Rey e Israel-Bitumul- como parte del curso de Historia Oral ofrecido por el profesor Pedro González, de la Universidad Interamericana, Recinto Metropolitano.

González detalló que el tema del estudio era poblamiento de las comunidades y adelantó que publicarán un cuaderno de los resultados. En agosto, otros 16 alumnos se encargarán de trabajar con el tema de religión, economía y sociedad. La tercera etapa trabajará con la familia, después cooperativismo y finalmente estudiarán las organizaciones de base comunitaria del área del caño Martín Peña.

Mientras, Rodríguez explicó que una vez se tengan los cinco cuadernos, éstos se estudiarán en las escuelas de la comunidad.

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Lamento, también la desaparición del arte que veía todos los días camino a mi trabajo. No soy ducho en estas materias, ni me he dedicado a un estudio minucioso del arte urbano, tal vez, mal llamada graffiti, pues este mural era más que graffiti, en mi opinión. Fue tronchado por una pared anodina pintada de rojo con figuras insulsas que parecen hechas de papel de aluminio planchado sobre plantillas de “foum”.

Habiendo dicho esto, creo que es necesario evitar leer demasiado y permitir un poco más de ironía lúdica en la obra desaparecida y su relación con los mecenas que la permitieron.

En segundo lugar, el arte urbano, que repito no he estudiado, tiene como elemento cardinal lo efímero. No es arte monumental, perdurable. Es arte que juega con el instante y lo pasajero. Lo lamentable no es que el mural fue reemplazado por otro, es que haya sido reemplazado por un bodrio banal y mal pensado. Lo mismo digo de la torre de la Escuela Vocacional cuya representación, según algunos de la Vírgen del Carmen (emblema de la ciudad) también fue obliterado.

No podemos pretender, en el reino de lo contingente, erigir monumentos permanentes. Nuestra cultura enfatiza lo momentáneo, de ahí nuestra nostalgia por lo eterno.
— Juan