Contra el suicidio

Ayer se colgó de una grúa (símbolo icónico de cierta masculinidad perturbada) un operador de maquinaria ante la mirada atónita de miles de transeúntes. Así, el suicidio reapareció como alternativa consistente de los puertorriqueños a su crisis colectiva, o a las vicisitudes traumáticas de sus vidas melancólicas y apesadumbradas. Quienes lo observamos nos conmocionamos o aparentamos la más absoluta indolencia.

No, no voy a disertar sobre el suicidio.

Hay tanto escrito, desde el clásico de Emilio Durkheim, El Suicidio (que ha sido publicado en español con un ensayo de Osvaldo Iazzetta, por Ediciones Gorla, 2004), hasta el ensayo visceral de Luis Antonio de Villena, La felicidad y el suicidio (Barcelona, Bruguera 2007).

El suicidio es en muchos una idea persistente, en otros un pensamiento fugaz y en una buena parte de la humanidad, esa idea no aparece. Mientras menos se piensa y menos se cavila, menos aparece. Pienso yo.

¿La solución? No sé, terapias, medicamentos, sanatorios, líneas calientes, intervenciones precisas, la lotería.

Yo me adscribo a una corriente filosófica centenaria que marcha firme contra el suicidio, por medio de cierto hedonismo,  la mentira, la ilusión, las posibilidades y los artificios. Hay más de cien razones para no hacerlo. O como dice el poeta:

Más de cien palabras, más de cien motivos para no cortarse de un tajo las venas… más de cien pupilas donde vernos vivos, más de cien mentiras que valen la pena.

Tal vez deben recetar este mantra para evitar los suicidios.

A la lista ofrecida por el poeta, ustedes pueden añadir las suyas. Las espero.

8 comments to Contra el suicidio

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Lamento, también la desaparición del arte que veía todos los días camino a mi trabajo. No soy ducho en estas materias, ni me he dedicado a un estudio minucioso del arte urbano, tal vez, mal llamada graffiti, pues este mural era más que graffiti, en mi opinión. Fue tronchado por una pared anodina pintada de rojo con figuras insulsas que parecen hechas de papel de aluminio planchado sobre plantillas de “foum”.

Habiendo dicho esto, creo que es necesario evitar leer demasiado y permitir un poco más de ironía lúdica en la obra desaparecida y su relación con los mecenas que la permitieron.

En segundo lugar, el arte urbano, que repito no he estudiado, tiene como elemento cardinal lo efímero. No es arte monumental, perdurable. Es arte que juega con el instante y lo pasajero. Lo lamentable no es que el mural fue reemplazado por otro, es que haya sido reemplazado por un bodrio banal y mal pensado. Lo mismo digo de la torre de la Escuela Vocacional cuya representación, según algunos de la Vírgen del Carmen (emblema de la ciudad) también fue obliterado.

No podemos pretender, en el reino de lo contingente, erigir monumentos permanentes. Nuestra cultura enfatiza lo momentáneo, de ahí nuestra nostalgia por lo eterno.
— Juan