En primer lugar, estaban advertidos. Uno no moría sin haber tenido tiempo de saber que iba a morir. De otro modo se trataba de la muerte terrible, como la peste o la muerte súbita, y realmente era necesario presentarla como excepcional, no hablar de ella. Phillipe Ariès, Morir en Occidente: desde la Edad media hasta nuestros días (2007, Adriana Hidalgo editora)
Los héroes del medioevo sabían que iban a morir. Para ello se preparaban y se encomendaban a las fuerzas divinas. Tenían la visión, nos dice el medievalista de la muerte Phillipe Ariès, de conocer la magnitud de su muerte y lo que ello significaba. Ariès le llama a ese proceso, “la muerte domesticada”. Esa muerte, avisada por señales naturales o místicas, llevaba al “moribundo” a organizar el protocolo, el ritual si se quiere, de su proceso de muerte.
En ese ritual la habitación del moribundo se tornaba en un espacio público al que acudían y participaba una gran cantidad de personas. Todo el mundo quedaba así convocado a la agonía, al proceso de la muerte. Era, para el moribundo, el momento de encomendarse a la parca, sin dramatismos, pero clarificando y compartiendo palabras finales que deben quedar inscritas, por su mensaje.
Así ha sido la muerte de Randy Pausch hoy viernes en la mañana. A la muerte domesticada de Pausch llegué por la invitación de Mario Nuñez, quien ha divulgado a través de Digizen (que hoy nos brinda varios enlaces a su vida) la muerte de Pausch, quien a sabiendas de que iba a morir por cáncer pancreático comenzó una jornada impresionante de compartir su filosofía de vida, su práctica académica, su sentido de responsabilidad y compromiso, su amor a los amigos y a la familia, su pasión por su vocación, anclada en la creatividad y la manera tan digna en la que murió, compartiendo con un amplio público, el ritual de su muerte. He visto los videos de sus últimas conferencias con atención, admiración y tragándome las lagrimas.
Yo me había prometido no hablar más de la muerte en este blog, pero a la muerte (o debo decir, a la vida plena) de Randy Pausch ya había empezado a asistir. Lo interesante es que su “muerte” ha de seguir conmigo a través de su gesta de dignidad y pasión.

El tema de la muerte a mí también me afecta, más por los amados que se han ido con ella que por la certeza de que estoy matriculada en su lista. Sin embargo, tu reacción a la noticia que te dio Mario Núñez sobre la muerte de Randy Pausche ha revolucionado el concepto patético y temeroso que sobre ese momento o suceso yo tenía. Se me ha quedado tatuada en mi memoria otra idea sobre morir, una idea más noble, más valiente y valiosa.
Insisto, tu escritura me convence y me conmueve. Es una especie de oratoria racional, sensible, leccionaria. Tienes una manera de escribir tus ideas que quienes te conocemos celebramos tu amistad y quienes no te conocen quedan seducidos por saber quién eres.
Admiro, por ti y Mario, a Pausche quien está muy vivo aún después de su noble manera de morir. Un abrazo, Manuel.
Coincido con los comentarios de la Profesora Acaron. Este post me recordo la tradicion de los “death songs” (canciones de la muerte?), que tienen algunas sociedades como por ejemplo varios grupos nativoamericanos de las grandes praderas norteamericanas. Ahora que leo esto comprendo que estos death songs son una manera ritual de, como brillantemente dice Manolo, domesticar la muerte cantando sobre ella. Usualmente (segun tengo entendido) se cantan por la persona que va a morir cuando ya se siente que el momento de dejar este mundo esta cercano.
Dee Brown un su libro Bury my Heart at Wounded Knee cuenta que un jefe de uno de los grupos Cheyennes, al momento de morir por mano de los soldados de EEUU, canto un “death song” que en su simplicidad refleja una gran sabiduria y comprension del ciclo de la vida:
“Nada perdura, solo la Tierra y las montañas”
[...] post by Manuel Valdés Pizzini Read [...]