Sí, sé que estoy casi solo en esto, pero apoyo la censura de libros del Departamento de Educación de Puerto Rico. Tomemos el ejemplo de Aura, novela que no debe ser leída por nadie y menos por estudiantes de escuela. Contra ella toda nuestra censura. No, no tiene que ver con las razones obvias para censurarla: la posible pedofilia que le sirve de telón de fondo, el maldito color verde, la oblea o las parafilias y los gatos.
No, la razón es otra. Nadie puede estar expuesto a la perfección del horror literario y la estética en sesenta y dos páginas. ¿Qué tal si la gente aprende a escribir así? ¿Qué sería de un país donde reinara la precisión en los textos y que ese puñado de palabras leídas y discutidas en el salón de la Srta. Laura Ríos en 1971 nos persiga toda la vida, a modo de canon, de obra maestra? Una obra que no cansa, que siempre te sorprende una y otra vez. No nos podemos permitir un país que escriba bien y que lea mejor. El mundo editorial no debe permitir las novelas cortas, u obras que puedan leerse una y otra vez, pues eso atenta contra la lógica de la producción y la del mercado.
Insisto, Aura debe ser censurada. Nadie debe cavilar sobre el tiempo, la historia, las tretas de la vieja Clío (que no es lo mismo que las tet… -debo autocensurarme- de la vieja Consuelo), sobre las oligarquías latinoamericanas, y las posibilidades de los doppelgängers y los desdoblamientos en la vida cotidiana, en la imaginación, o peor aún, en la historia. Pensar en esas cosas es demasiado para un país que debe armarse en concreto, literal y metafóricamente. En fin, que la lectura de Aura contribuiría a crear un país que no queremos, y es por eso que hay que censurarla.
De igual manera, El entierro de Cortijo de Edgardo Rodríguez Juliá debe estar fuera de las manos de los jóvenes y sobre todo del público extranjero. ¿Qué imagen se formarían de nosotros? Claro, que somos un país mulato, negro, contestatario, casi anárquico, de gente que repica los cueros y azota los cencerros con el alma. De gente que a la menor provocación le grita pendejo al ministro de cultura de Panamá. Oiga, eso es inaceptable. Un entierro es un entierro, y no el espacio para cavilar sobre la cultura, la política y la historia. De seguir esa guía nos interesaríamos en otros temas sociológicos y antropológicos de menor importancia y la ciencia política y la historia sería otra cosa y no lo que debe ser: la exegesis de los partidos y los próceres. Este país ha avanzado mucho como para hacer antropología y filosofía de los negros, de la cotidianidad, y de las historias de los márgenes que en realidad no lo son. Ese piso ya no existe, lo hemos dejado atrás. ¡Así es la vida! Por otro lado, solo basta con imaginarse a los científicos sociales escribir como Rodríguez Juliá. Eso no debe permitirse.
Nada, que espero con estas líneas haber aportado al debate sobre la censura de libros.
Estoy de acuerdo contigo, Manolo. Censura a los libros-espejo, esas superficies que revelan los relieves de lo que somos en detalle espeluznante y franco. Asusta saber que El Cuco vive en(tre) nosotros.
Mi ignorancia enciclopédica me hace pensar que la censura de libros en el Departamnto de Educación tiene poco que ver con el contenido de los libros o su valor literario. Sospecho que el mercado del Departamento de Educacián es codiciado por autores, editoriales, intermediarios y corruptores privados. Ojalá yo esté equivocado.
No lo está, mi querido amigo. Que bueno leerle. Pronto le visito, cuando esté seguro de no contagiarle.
Este post esta genial! Me encanta, jaja. Un saludo caluroso, profesor!!