Claude Lévi-Strauss ha muerto, ¡que viva el rey!
A Carlos Gerónimo, José Eduardo y a Marta María (etnógrafos todos) por sus solidarias condolencias, nacidas de palabras vertidas en un curso de antropología hace más de veinte años.
Es verdad que el templo de la diosa de la selva ha desaparecido y que el rey del bosque ya no está de centinela ante la Rama Dorada. Pero los bosques de Nemi todavía son verdes y cuando el crepúsculo va decolorándose por el Oeste, llega a nosotros, llevado en las alas del viento, el sonido de las campanas de la iglesia de Aricia, llamando al Ángelus. ¡Ave María! Su tañido llega, dulce y solemne, del pueblo distante y va amortiguándose por las extensas ciénagas de la Campania. Le roi est mort, vive le roi! ¡Ave María! Sir James Frazer, La rama dorada
En septiembre de 1976, comencé mi jornada de estudios graduados en Antropología en la Universidad del Estado de Nueva York, en Stony Brook. Antes de llegar a Stony Brook hice una parada ritual de varias semanas en la ciudad de Nueva York, donde visité una semana completa el Museo Americano de Historia Natural (MAHN). Mi padre había insistido en que lo visitara, junto al MOMA, el Guggenheim y los Cloisters, entre otros hitos importantes de la ciudad. Pero la visita al MAHN debí hacerla por la insistencia de mi primer profesor de antropología, Eugenio Fernández Méndez, admirador casi patológico de Franz Boas, quien solía perderse en disquisiciones sobre Boas, los kwakiutl, el potlach y las sociedades aborígenes de la costa noroeste del Océano Pacífico, en Norteamérica, en una región cultural comprendida entre Canadá y los Estados Unidos.
Boas había recopilado una enorme cantidad de materiales “etnológicos”, para el museo, en la expedición Jessup en esa región del mundo en 1917. A su regreso preparó las exhibiciones y dioramas del museo, dejando un legado extraordinario de materiales sobre esa cultura, que el museo desplegó con gran orgullo en sus enormes salas. Gigantescas canoas, enormes postes totémicos y máscaras formaban el corazón de aquellos materiales etnológicos recolectados y trabajados por Boas. Todavía en 1976 podía admirarse su legado intelectual en los dioramas que transportan al visitante al alucinante mundo de los kwakiutl, los bella coola y los haida. Mantas, vestimentas y maderas talladas en formas de máscara son parte de los componentes de esos materiales etnológicos que Boas aportó a la museografía y a la antropología estadounidense de la época. Máscaras hermosas por demás, algunas con mecanismos de movimiento de sus partes que permitían la puesta en escena de los mitos ancestrales y que a su vez revelaban varios héroes y personajes que se desprendían de una sola máscara.
Para el diseño y la construcción de los dioramas del museo, Boas mismo posó a la usanza de los kwakiutl y fue fotografiado para desarrollar los modelos que compondrían las exhibiciones. De igual manera hizo posar a los kwakiutl, con sus antiguas vestimentas, para que representaran dramáticamente escenas de la llegada de las grandes canoas y algunos rituales, entre ellos el potlach.

Estos materiales etnológicos son parte fundamental del acervo que utilizó Claude Lévi-Strauss en su libro La vía de las máscaras, tal vez uno de sus trabajos etnológicos más completos donde se sumergió en la región del Pacífico Norte para perseguir a los mitos de esas culturas aborígenes y explorar todas las posibilidades de su leitmotif fundacional. Para mí, es uno de esos libros donde se revela el análisis más profundo y hermoso (porque posee en sí una calidad estética extraordinaria) que tiene que ofrecer el estructuralismo, como canon antropológico.
Claude Lévi-Strauss ha muerto (1 de noviembre de 2009), se nos ha ido el heredero de Sir James Frazer, autor de La rama dorada, Claude, el innovador, nos dejó perplejos con su extensa erudición y su enorme capacidad intelectual para concatenar, de manera lógica, un universo de información etnológica sobre los mitos y las prácticas de cientos de culturas del continente americano. Su obra tiene un fuerte sabor enciclopédico, que parecía estar en armonía con el paradigma boasiano de cubrir la totalidad de la experiencia humana en el planeta y describir a todas las culturas posibles, antes de analizarlas o armar modelos sobre la evolución. Lejos de invitar a los antropólogos de la época (Robert Lowie, Margaret Mead, Ruth Benedict, por ejemplo) a elucubrar sobre las posibles formas culturales que adoptaron los humanos en la evolución cultural, el proyecto de Boas los empujaba a hacer etnografía, trabajo de campo, para recopilar la gran variación cultural del planeta, antes de su casi inevitable desaparición. Lévi-Strauss corrió paralelo a esa tendencia, pero en la dimensión analítica exploró y analizó todas las posibilidades y permutaciones de todos los mitos posibles, de manera tal que pudiese ser revelada la gran unidad cultural de la humanidad. Las oposiciones binarias (lo crudo, lo cocido, por ejemplo), la reproducción de un esquema mental en todas las culturas, que es a su vez un reflejo de la estructura del lenguaje, es tal vez el legado teórico más importante de este pensador y antropólogo.
Yo no reclamo aquí ser estructuralista (en realidad ya se me hace imposible usar una etiqueta válida para categorizar mi trabajo) ni un “especialista” en el estructuralismo levistraussiano. Pero sí represento a una generación de antropólogos que nos vimos forzados, atraídos, enamorados, comprometidos y dejados de la tradición estructuralista. Sobre todo porque en las décadas de los setenta y los ochenta su obra era lectura obligada, aunque muchos no entendiéramos ni pío de lo que decía Lévi-Strauss. Al antropólogo había que descifrarlo, someterlo también a un tratamiento estructuralista y a su vez poético para hacerlo asequible al resto de los mortales. Afortunadamente, Octavio Paz se dio a la tarea de explicar la obra del antropólogo en el ensayo Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo. Agraciadamente, para mi generación, esa joya de Paz nos llegó a las manos en el momento preciso que leíamos, con resultados mixtos, su clásico sobre la Antropología estructural. En aquel momento la fiebre del estructuralismo arropaba a Europa y al continente americano donde su trabajo empezaba a discutirse con gran curiosidad intelectual. Todos queríamos saber cuáles eran los misterios y las posibilidades del análisis estructural. La editorial catalana Anagrama, con el empeño de Joseph Llobera, comenzó a difundir lo mejor del repertorio teórico de la antropología europea, primando el trabajo de Lévi-Strauss. Anagrama publicó varios ensayos individuales (Estructuralismo y ecología) y reflexiones sobre la obra de este antropólogo en traducciones del trabajo de Edmund Leach. Lecturas relativamente cortas y a precios módicos hicieron que el trabajo de Lévi-Strauss se difundiera por el mundo hispanoparlante.
Tu propia madre, Tu propia hermana, Tus propios puercos, Los ñames que tú has apilado, No puedes comerlos. Las madres de los demás, Las hermanas de los demás, Los puercos de los demás, Los ñames que los demás apilaron, Puedes comerlos. Aforismo arapesh, citado por Margaret Mead y reproducido en Las formas elementales del parentesco
En la década del setenta, varias editoriales argentinas habían publicado obras seminales de Lévi Strauss, como Las estructuras elementales del parentesco y Antropología estructural, dos obras esenciales que contienen la materia prima de ese cosmos levistraussiano, basado en la oposición binaria de temáticas mitológicas y lo inevitable de la alianza en el parentesco. Mi primer encuentro con esa última tesis fue en el curso de Estructura y Organización Social que tomé de oyente con Carlos Buitrago Ortiz en 1975. Había tomado ya el curso con Rafael L. Ramírez y allí habíamos desmenuzado la Antropología estructural y el ensayo de Octavio Paz, justo después de desarmar la escuela estructural-funcional británica a través de esa obra casi perfecta The Nuer, de E.E. Evans Pritchard.
Lévi Strauss planteaba, a diferencia de los antropólogos británicos, que el eje central de los sistemas de parentesco era el matrimonio, ya que los sistemas de descendencia y los linajes empezaban por definirse a través de todas las reglas que estructuraban el intercambio de mujeres entre los grupos. Independientemente de los sistemas matrilineales, es decir, aquellos donde el poder, los derechos y las obligaciones, van definidos a través de la madre; la inmensa mayoría de los sistemas de parentesco establecen reglas para el intercambio de mujeres entre grupos en oposición totémica. Es decir, linajes y grupos, que descienden de diferentes ancestros con una trayectoria mitológica, territorial y cultural diferente. El meollo de las sociedades humanas consiste en establecer grupos de alianzas que solo son posibles por el intercambio de mujeres y de dones o de regalos.
La tesis de Lévi-Strauss suena hoy machista y hasta misógina, pero su poderoso análisis desmantela los principios de la desigualdad social desde el corazón de las sociedades tribales, donde el género y la edad son los principales renglones en los que la diferenciación de acceso al poder y al fruto del trabajo, quedan articulados. Es a partir de esa desigualdad y del principio de la alianza que se arman las reglas, y se crea una narrativa explicativa, que llamamos mitos.
No hay que extrañarse entonces que Lévi Strauss haya prologado la edición de 1955 que hace del clásico Ensayo sobre los dones de Marcel Mauss, obra central en la discusión antropológica sobre los intercambios y su trasfondo cultural. Tampoco nos debe sorprender que haya escrito un libro sobre el totemismo (El totemismo al día de hoy), un extenso ensayo que gira en torno al libro de principios de siglo veinte The Secret of Totemism (1905), obra seminal sobre el tema escrita por Andrew Lang, que también influyó sobre el trabajo de Freud Totem y tabú. El totemismo responde a esa obsesión humana por clasificar, catalogar, incluir, excluir, cosas, humanos, y objetos, no porque son buenos de manera utilitaria (como pensarían funcionalistas como Radcliffle Brown, es decir, porque son buenos para comer) sino porque son buenos para pensar. Todo aquello que compone al mundo conocido es organizado y contrastados en un sistema de oposiciones; ese constituye el elemento central del pensamiento levistraussiano. Los sistemas totémicos son sistemas de clasificación que presentan las formas en las que el pensamiento “arcaico” organiza al mundo, siempre con una poderosa lógica que se forma con el lenguaje. Así, en El pensamiento salvaje, Lévi Strauss propone que las sociedades “arcaicas” tienen una lógica diferente a la que se armó en el mundo moderno, fundamentalmente cartesiano. Las cosas son el objeto de un profundo análisis que se integra a la manera en la que están compuestos los linajes, y a las reglas que los ordenan, separan y obligan a relacionarse con otros linajes y clanes. Es decir, además de ser clasificadas por sus características físicas y evidentes, por lo sensorial, son clasificadas por su vínculo con el mundo cultural y con el lenguaje.
En un primer momento, todo paisaje se presenta como un inmenso desorden que permite elegir libremente el sentido que prefiera dársele. Pero más allá de las especulaciones agrícolas, de los accidentes geográficos, de los avatares de la historia y de la prehistoria, el sentido augusto entre todos ¿no es el que precede, rige y, en amplia medida explica a todos los otros? Esa línea pálida y enredada, esa diferencia a menudo imperceptible en la forma y la consistencia de los residuos geológicos atestiguan que allí donde veo hoy un terruño árido, antaño se sucedieron dos océanos. Tristes trópicos
Una de las críticas más duras al estructuralismo ha sido su falta de historicidad y su distancia del marxismo, que en los setenta resurgía de las cenizas dejadas por los debates teóricos de la antropología británica (por ejemplo, el trabajo de Raymond Firth) y de las renovaciones teóricas de las ciencias humanas francesas. En Francia, el marxismo y el post-marxismo se apoderaron de la antropología con una refrescante cadena de trabajos en las que se reinterpretaba los sistemas de linajes africanos, e inclusive, los agrupamientos tribales en Oceanía. Claude Meillasoux, Philip Rey y Maurice Godelier fueron parte de ese esfuerzo que debió nutrirse también de la influencia de la revista de los Anales y de los alcances y los abordajes propuestos por lo que entonces se conocía como la nueva historiografía francesa. Así las cosas, Lévi Strauss parecía plantear un mundo teórico, aparentemente alejado de la larga duración de los procesos históricos (el mito es atemporal, eterno, se repite) y de un énfasis por la estructura como un reflejo de lo mental; distanciándose así de la cultura material y de lo económico. Es en ese momento que Maurice Godelier publica su clásico Economía, fetichismo y religión en las sociedades primitivas, renovando el marxismo clásico, yendo más allá del marxismo estructural y, en ocasiones, mecanicista y dogmático de Louis Althusser. Godelier entonces reconocía que el etnólogo tenía, aunque de manera tenue, unos vínculos intelectuales con la obra de Marx, a quien Godelier explicó y reinterpretó para un nuevo público interesado en modelos teóricos alternativos para explicar los datos etnográficos.
Lévi-Strauss se separó de las corrientes epistemológicas europeas y su abordaje de lo que se conoció como el estructuralismo le mantuvo tal vez margen del marxismo, aunque en múltiples ocasiones, el etnólogo no cejaba de admitir su deuda intelectual con Marx. Lévi-Strauss hizo hincapié en que a partir del 18 Brumario, Marx había instituido en las ciencias humanas la importancia de los modelos como una herramienta heurística y de explicación (Tristes trópicos), cosa con la que el etnólogo se sentía en deuda intelectual con el alemán. Lévi-Strauss también reconocía que el estructuralismo le debía a Marx, a Freud y a la geología la mirada profunda a los procesos fundamentales que no son evidentes a simple vista. La historia de la tierra, la psiquis humana y los mecanismos de la acumulación de capital solo pueden conocerse dándole un corte transversal a la tierra, a la mente y a los procesos históricos de la sociedad capitalista. De esa manera, el estructuralismo descifra a la cultura humana a través de la estructura del lenguaje y de los mitos.
Deseemos que nuevos conocimientos acerca de las culturas indias de la Colombia británica y de Alaska permitan un día orientar la indagación por este rumbo. Reuniendo jirones dispersos quisimos solamente tratar de reconstruir el telón de fondo de un escenario de unos dos mil kilómetros de largo y acaso tres o cuatrocientos de profundidad, en toda la extensión del cual han dejado la huella de sus pasos los actores de una obra de cuyo texto carecemos. (La vía de las máscaras)
La vía de las máscaras es un libro peculiar, pues le dio la oportunidad a Lévi-Strauss de enlazar de una manera relativamente clara la historia, los procesos materiales, las diferencias sociales y los sistemas de parentesco, con el rico corpus mitológico de varios grupos de la costa del noroeste del Pacífico en Norteamérica. El etnólogo persiguió la ruta de los mitos a través de dos máscaras producidas por los salish y los kwakiutl. Ambas máscaras son plásticamente iguales, pero sus significados son opuestos a cada una. La máscara salish es de la zona continental, del valle del rio Fraser, mientras que la kwakiutl es insular, perteneciente a la isla de Vancouver. Ambas tienen correspondencia con el mundo submarino, con los peces, y ambas presentan ojos protuberantes, similares a los peces de aguas profundas cuando son pescados y traídos a la superficie. La máscara salish ayuda a enriquecerse a la gente, mientras que la máscara kwakiutl representa la avaricia, e impide adquirir bienes materiales. Ambos sistemas opuestos, pero complementarios.
Ambos son también dos dimensiones diferentes de un sistema social tribal, donde los bienes se acumulan por los jefes de los clanes y luego se reparten, redistribuyen y hasta se despilfarran en la ceremonia conocida como el potlach, una manera coordinada de circular bienes y dones. El potlach fue prohibido por las autoridades gubernamentales por ir en contra de los principios fundamentales de la sociedad moderna: acumular, preserva las cosas materiales e invertir. En el potlach, la demostración de poder político y poder de convocatoria de los jefes era en ocasiones demostrada con la quema de mantas y adornos de cobre, y con el despilfarro de aceite de pescado y otros bienes. Es interesante que Lévi-Strauss no haya subrayado con fuerza que ambas máscaras presentaban los límites estructurales y relacionales del potlach entre estas culturas. Aunque este es uno de sus trabajos donde se acercó con mayor precisión a la economía política de las sociedades tribales, su obsesión con el pensamiento, las formas plásticas y las narrativas le impidieron muchas veces desguazar las profundas diferenciaciones sociales y maneras de mantener las diferencias y nivelarlas que tenían esas culturas.
El corpus de mitos salish es, según Lévi-Strauss, coherente (un rasgo estructural y estético que el etnólogo persiguió toda su vida en los mitos) mientras que los mitos insulares están compuestos por fragmentos incomprensibles. La razón de esa diferencia estaba, según el etnólogo, en la historia. La presencia de mitos con cierto grado de incoherencia demostraba que el origen de los mismos se encontraba en el continente, y que mientras se movieron geográficamente, fueron perdiendo su consistencia estructural. En sus palabras, “lejos, pues, de dar la espalda a la historia, el análisis estructural le aporta una contribución”. En mi opinión, más que un razonamiento histórico, se trataba tal vez de un sofisticado análisis difusionista, en el que se identificó un kulturekreiss (concepto centenario de la antropología alemana), o centro cultural, desde el que se fueron difundiendo las ideas. Un arcaico modelo antropológico que todavía ofusca a algunos practicantes de nuestra arqueología criolla.
La contraparte plástica y mitológica de las máscaras salish y kwakiutl lo era la Dzonokwa, una máscara que aparece en los mitos como la raptora de los niños, con característica ya de hombre, ora de mujer. La Dzonokwa es terrestre, posee bienes valiosos y alimentos, es una ladrona de peces. Las versiones continentales de los relatos sobre esta máscara son débiles, mientras que las versiones insulares, entre los kwakiutl, está claramente establecido que la Dzonokwa, controla los bienes y que los hombres solo los pueden alcanzar cuando matan al ogro-ogresa conocido por la máscara de la Dzonokwa. Es en el análisis de la Dzonokwa que el etnólogo logra llegar al fondo de las desigualdades en las sociedades tribales de la costa noroeste del Pacífico. La Dzonokwa está, al igual que las otras máscaras, íntimamente ligada a los mitos, a las representaciones siderales, a la producción de cobre, al control de las riquezas por los clanes dominantes y sus jefes, y al potlach.
Si Lévi-Strauss vivió obsesionado con la alianza matrimonial en las sociedades arcaicas, en su disquisición sobre las máscaras se vio obligado a meterse en las aguas empantanadas del sistema de parentesco de los kwakiutl y los salish. Los antropólogos no están exentos de la manía humana de clasificar y nombrar, y por ello hay una larga tradición de identificar, nombrar y clasificar a los sistemas de la descendencia (la filiación), de matrimonio y de la residencia post-matrimonial en las sociedades precapitalistas. Pero, interesantemente, las sociedades tribales de la costa norte del Pacífico han retado la capacidad antropológica de simplificar los sistemas y clasificarlos. Estas sociedades estuvieron basadas en grupos corporativos de descendencia ambilineal (lo mismo matrilineal que patrilineal), conocidos como los numaym, en grupos de clanes (bakus) y la manera en la que articulaban las relaciones de parentesco y matrimonio eran en extremo flexible, algo que casi desafiaba toda definición. La vía de las máscaras es un libro donde Lévi-Strauss sugiere que la alianza y la descendencia son tal vez parte de un fenómeno indisoluble que le da forma y coherencia a las sociedades.
Como la matemática y la música, la etnografía constituye una de esas raras vocaciones auténticas. Uno puede descubrirla en sí mismo, aunque no se la haya enseñando. Tristes trópicos
Parece que la respuesta reside, no en las propiedades utilitarias de las especies biológicas, tal y como la humanidad las concibe… sino más bien por sus capacidades lógicas, es decir, en su capacidad para servir como símbolos que expresen contrastes. El oso y el barbero (1963)
Lévi-Strauss se definió asimismo en muchas ocasiones como etnólogo, como un analista comparativo de las culturas, sus rasgos y sus patrones. Y toda su obra parece atestiguarlo, pues casi todo su corpus está basado en el estudio comparativo de los mitos y las instituciones sociales que los sostienen. Pero para ser etnólogo, hay que ser etnógrafo, trabajador de campo, observador sistemático de comportamientos, discursos y rituales. Los practicantes de la etnografía, como acercamiento metodológico, como potpurrí de técnicas de investigación, han reclamado recientemente que se trata de un ejercicio empírico, de una ciencia. En más de una ocasión Lévi-Strauss se adscribió a ese postulado. Sin embargo, para el etnólogo la etnografía era producto de una reflexión personal con las culturas estudiadas. Tristes trópicos (original de 1955) es uno de los textos más influyentes en la antropología, por sus comentarios sobre el trabajo de campo y por la posición del autor, como autor consciente de una obra que refleja al mundo estudiado, así como la vida y trayectoria del antropólogo que la construye. Es por ello que Tristes trópicos ha tenido en los últimos 20 años un resurgimiento como obra a discutirse en los círculos reflexivos académicos que transitan por la posmodernidad. Tal vez eso se le deba a Clifford Geertz, quien incluyo un ensayo sobre esa obra en su libro Works and Lives: The Anthropologist as an Author (1989), que ubica a Tristes Trópicos en múltiples coordenadas: libro de viajes, texto literario, texto filosófico, panfleto reformista y arrogante, y “por extraño que pueda parecer” una obra etnográfica.
Uno de los escritos más fascinantes del maestro lo fue una conferencia dictada en inglés a los estudiantes de Barnard College en 1972 que fue publicada en español por Editorial Anagrama en reproducida ese mismo año, y luego se incluyó en la colección de ensayos titulada en inglés A View from Afar (1985, Nueva York, Basic Books). Primeramente, Lévi-Strauss se declara absolutamente abierto a todas las posibilidades intelectuales y explica que para entender a los mitos, ha tenido que rodearse de mapas celestes, de tratados de geología geografía, meteorología, y de libros sobre botánica, mamíferos y ornitología. Debo entender que en su visión de mundo la ciencia, la epistemología, la filosofía, la lingüística y la etnología son varias facetas de una estrategia poderosa para alcanzar el conocimiento de las estructuras de las sociedades precapitalistas. En su visión, que en aquel momento era innovadora por demás, las ciencias humanas y las ciencias naturales debían descartar cierto dualismo filosófico que consideraba passé. Lévi-Strauss, el artífice de las dualidades y las oposiciones clamaba por una complementariedad epistemológica donde no se opusieran las categorías de lo real y lo ideal, lo abstracto y lo concreto, o el etic y el emic. En su visión, el estructuralismo no era, como se le acusaba, un ejercicio teórico y sí una poderosa práctica empírica que requería de todos los sentidos para entender la cultura humana. A esa estrategia teórica y de praxis académica yo me adscribo.
Lévi-Strauss ha muerto. Frazer, autor de La Rama dorada, produjo uno de los primeros trabajos enciclopédicos (la edición de 1919, de doce volúmenes) sobre los mitos y los rituales, basado en tema de la muerte al rey de Nemi, Virbio, por parte de sus sucesores. Lévi-Strauss fue sin duda el sucesor de Frazer. Pero es muy temprano para celebrar al nuevo rey, a ese o esa antropóloga que sea una figura dominante en el mundo de las ideas del árbol de la ciencia antropológica, con sus debates sobre la condición humana, su cultura, su estructura y sus posibilidades.
Manuel Valdés Pizzini, 5 de noviembre de 2009





